
Nunca le pedí que me quisiera. Nunca le pregunté si lo hacía. Sus labios se fundían con los míos, sin mucho sentido y me sentía bien en ese amorío desfachatado. Sin títulos, sin fechas, sin todo, sin tú y yo, sin pasión, sin noches de desvelo... sólo "la era", y perdí la razón, me hundí en la tierra, me atraganté con parafina, me atasqué de píldoras... nada.
Silencio.
Shhh.
Un día desperté y me dí cuenta de que estaba sola. Sola en un cuarto demasiado amplio, en una cama demasiado estrecha, enfrente de un espejo de cuerpo completo.
Y me perdí.
Me fui, me fui, me fui. Desaparecí, caí en el hoyo del conejo, encontré mi alter ego y lo besé. El viento es demasiado frío y las noches demasiado oscuras, él era sólo un recuerdo vago de unas cuantas semanas de otoño. Ah, pero qué otoño aquél.
En mi viaje a través del espejo recorrí mundos demasiado grotescos, llegué a la alcantarilla, me perdí en un laberinto hediondo y dormí en el agua turbia de los desechos del alma.
Sólo son tus musas, querido. Las musas alimentan el ego, las musas son fatales, son crueles, despiadadas y pueden llevarte a la perdición, he dicho.
Ni el sombrero de copa, ni la capa de terciopelo ni la salvación divina son capaces de rescatar a un hombre del canto de una sirena.
Átame, que quiero escucharlas.
Átame, átame, átame.
...Y de pronto un sonido seco, un golpe. El sueño terminó, mon amour.
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