
La Magdalenita hace berrinche.
"Sus hormonas me marean."
Sin embargo, Magdalena (moi) no se da cuenta de lo absurdo de sus palabras.
Las palabras salieron sobrando y una imagen dijo más que mil palabras, un beso pudo sacudirme más que un terremoto, una mirada fija transmitió lo que mis cuerdas vocales no pudieron y una caricia hizo que mi silencio llenara el cuarto, el automóvil, el escenario... cualquier lugar en el cual coloqué mis pequeños pies.
Y pensé en esa palabra absurda: amor. Love, amour, amor... all you need is love, crazy little thing called love. Recordé la frase choteada: "El amor hace que el mundo siga girando" y sonreí por un momento, aunque mi amargo corazón dio un giro de 180° al ver pasar esos globeros benditos y malditos.
Mi corazón dio la vuelta y me dio un patatús demasiado extraño, mi boca se quedó bien cerrada y los ojos sacaron rayos láser, quemando los condenados globos. Estoy sola... sola, sola, SOLA. El primer día de la melcoha sola. Y bueno, ¿qué le voy a hacer yo? No tengo tiempo para novios, no tengo tiempo para salir, no tengo tiempo para pensar, no tengo tiempo para nada.
El amor no es exclusivo de las parejas. El amor existe siempre, y no me refiero al amor mal interpretado de este día de consumo excesivo, obsceno, brutal, salvaje y bien pensado; sino al amor que siempre estuvo parado en la esquina, amarrándose las agujetas, bebiendo whiskey, dando vueltas, riéndose de todos nosotros. El amor existe desde antes del momento de nuestra creación, desde el inconsciente de nuestras madres, el deseo de nuestros padres (sí, porque todos tenemos padres, queramos o no aceptarlo), desde el momento en el cual nuestros padres nacieron, el momento en el cual todo comenzó a moverse.
Y no, esto no es un texto tipo Bolita Ayala, ni tipo Yuri. No.
Nada existe, todo existe, y al decir que existe, es porque lo hemos vivido. Por ende, hoy llego a la conclusión de que el amor existe, cambia vidas y puede dejarte con rasgos paranoide - esquizoide -androide.
El amor existe entre las personas aunque vivan lejos, en continentes distintos, con horarios separados y noches - mañanas mágicas. He amado, ese es el pecado, la falta más grave que he cometido. Me acuso de ser decimonónica, romántica, apasionada. He pecado, oh, padre, y no espero penitencia, espero experiencia después de mis tropiezos de mujer joven e ingenua.
He confundido el amor con la lujuria, creyendo que me aman cuando en realidad sólo quieren perderse en mi piel, sin embargo, después de haberme dado cuenta de que no todo es lo que parece, he construido mi muralla.
He pecado, construí una muralla que no me permite enamorarme. Esa es la causa de mis penas, la maldita muralla china, la enredadera con espinas, los guardias en la entrada de la alcoba de mi alma y mis ojos freudianos. He pecado y estoy en penitencia: No como ni duermo, fumo, me pierdo entre las notas de una partitura, suelo ser efímera, me voy, llego, huyo, me pierdo, lloro, sonrío.
No disfruto los días de San Valentín porque me he declarado inútil en el juego del amor. He perdido la fe y a ratos pienso que pasaré el resto de mis días sentada en una mecedora, acariciando un gato. Soltera, solterona, quedada...
Pero de pronto aparece la luz, prendo un cigarro, inhalo, exhalo y sigo viviendo.