
De pronto me entró un amor incontrolable y me dieron ganas de casarme. No sé con quién, ni cuándo, pero me dieron ganas de enamorarme. Quiero vivir con alguien algún día, y compartir mis dramas, mis arrebatos, mis besos, mi cama, mis sueños y todo con él.
...Y esto es demasiado extraño. La Magdalena no debe enamorarse nunca, para evitar dolores innecesarios. Se debe evitar el dolor a toda costa: El dolor del amor, el dolor de la pérdida, el dolor del parto, el dolor del dolor del dolor...
Aunque duele más tener un alma de metal y un corazón bien escondido.
Me inspiró esa mujer, la mujer de otro país que grita a todo pulmón lo mucho que ama a su familia, y me pregunto si será cierto lo que dice, me pregunto qué se sentirá. Y mi corazón da vueltas, y me pongo toda loca, porque no sé lo que se siente, pero me gustaría saberlo algún día.
Sin embargo, mi parte racional sigue atormentándome: El amor no existe, y si existe, no es para siempre, porque nada puede durar una eternidad y los seres humanos somos entes efímeros, cambiantes y demasiado primitivos como para mantener un estado de ánimo por más de tres minutos.
Quiero confiar en la gente que me rodea, enamorarme, ser libre y quitarme la armadura.
Debe ser bello saber que alguien te ama sin condiciones, sin importarle la celulitis, las estrías, los cambios de humor, los dientes chuecos, el mal genio ni nada de eso. Ha de ser bello confiar plenamente en la otra persona y andar medio desnudo, sin un vestido de metal. Debe ser bello crear vida por medio del amor, sentir que se tiene un alma en el vientre, ver crecer un ser humano y amarlo incondicionalmente.
O tal vez no.
Tal vez es un dolor de cabeza criar un hijo, o vivir con alguien: soportar las costumbres del otro, el azúcar regada sobre la mesa, la puerta del baño abierta, el calor de una cama matrimonial, la enfermedad, los disgustos, la espera para entrar a bañarse, las noches de insomnio, los ronquidos, los libros tirados en el piso, su olor al despertar, los cigarros interminables, el desorden, el estrés. El amor.
Y todo se resume en una palabra que me gusta usar sólo cuando escribo: Amor.
El amor rompe la burbuja personal, el espacio vital, el metro necesario para-no-perder-la-cabeza-porque-detesto-tu-aliento-caliente-en-mi-cara. El enamoramiento rompe cerebros, destroza esquemas y nos deja medio tontos, sacando corazones por la boca.
El enamoramiento dura sólo seis meses, afortunada o desafortunadamente. Para las almas libres como yo, es casi una maldición que el enamoramiento dure unos cuantos meses, ya que después de ese tiempo comenzamos a aburrirnos y terminamos por volar hacia otro lado.
Ya no quiero tener un alma tan volátil.
Quiero sentir que el mundo se para cuando lo veo, cuando pienso en él, cuando recuerdo el sonido de su voz.
...Y creo que estoy enamorándome por enésima vez. Aunque sigo con la muralla china bien plantada en la cabeza. Ninguna invasión mongola hará que me rompa en mil pedacitos.
¿Qué se sentirá tener una familia y amar con toda el alma a alguien?
Temo que nunca lo sabré.





