
Huele a sangre. Este maldito aroma no me permite descansar. Traté de hallar el origen del problema, intenté encontrar el sitio de donde provenía el olor a putrefacción, a muerto, y terminé por darme cuenta de que venía de mi cuerpo.
Tengo cierta tendencia a echarle la culpa de las cosas a factores externos, pero esta vez no pude hacerlo, puesto que la hediondez venía de adentro. Comencé a buscar el sitio donde estaba sangrando, o un lugar en mi cuerpo donde algo se estuviera pudriendo, y por un momento creí estar perdiendo mi equilibrio mental, ya que, buscaba y no encontraba la gotera. Pensé que tal vez estaba imaginando todo y estaba teniendo uno de mis momentos esquizoides, sin embargo, seguí como sabueso, olfateando y sintiendo mi cuerpo.
La búsqueda duró horas enteras, pero terminé hallando el origen del problema. Exploré hasta llegar a un hueco en mi pecho que no pude notar hasta hace unas horas (no tengo idea cuánto tiempo llevaba así). Metí la mano en el agujero y saqué un pedazo de lo que estaba adentro.
Hay cosas asquerosas dentro del cuerpo humano, y son peores cuando están en estado de putrefacción. Si te apuñalan y olvidas que tienes una herida comienza un proceso de necrosis en los órganos expuestos.
Ahora tenía en mi mano una bola sanguinolenta, parecida a un meningioma que vi en fotografías, similar a la carne molida que venden en las carnicerías corrientes. Era un pedazo de tamaño mediano que latía de manera acelerada. Saqué mis aurículas a pedazos, observé mis ventrículos e intenté reconstruir aquella bola que estaba en estado de putrefacción, pero sigo sin lograrlo. Sigo sangrando y este maldito aroma no se va.
...Al fin comprendí la metáfora del corazón roto.
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